Visitar el supermercado tras un diagnóstico oncológico no debería ser una fuente de estrés, sino una oportunidad para tomar las riendas de nuestra salud. Sin embargo, la publicidad engañosa y la letra pequeña suelen complicar la tarea. Con la ayuda de Teresa Puñal, técnica en dietética y nutrición, desgranamos esta guía profesional para aprender a interpretar las etiquetas de los alimentos envasados y realizar una compra inteligente y ajustada a las necesidades reales del paciente.
Una nutrición consciente es el cimiento sobre el que se apoya la recuperación en procesos de alta exigencia de oncohematología, o durante el manejo crónico de patologías como el mieloma múltiple. Saber leer una etiqueta es saber elegir el mejor combustible para tu cuerpo a través de una buena nutrición.
La lista de ingredientes: El orden sí altera el producto
Teresa Puñal destaca una norma básica que todo consumidor debe grabar en su mente: los ingredientes aparecen en la etiqueta por orden de peso, de mayor a menor. Si el primer o segundo ingrediente de un producto que compramos por saludable es azúcar, jarabe o una grasa vegetal de mala calidad, el producto pierde su valor nutricional de inmediato.
Para un paciente oncológico, el objetivo es que los tres primeros ingredientes sean alimentos reales y reconocibles (legumbres, cereales integrales, proteínas de calidad). Si la lista es excesivamente larga o está plagada de tecnicismos químicos, estamos ante un ultraprocesado que podría favorecer la inflamación, algo que debemos evitar especialmente en diagnósticos complejos.
Detectando el azúcar oculto: El glosario de Teresa Puñal
El azúcar es el ingrediente que más se camufla bajo nombres complejos. Tere Puñal nos advierte de que no basta con buscar la palabra «azúcar». Para identificarlo de verdad, debemos rastrear en la lista de ingredientes términos como maltodextrina, dextrosa, jarabe de glucosa, fructosa, sacarosa o mieles. Todos ellos, en exceso, provocan picos de insulina que no benefician al paciente en tratamiento.
Una herramienta útil es comparar la cantidad de hidratos de carbono totales frente a los azúcares en la tabla nutricional. Si la mayor parte de los carbohidratos provienen de azúcares, el producto tendrá un índice glucémico muy alto y poca capacidad de saciedad y nutrición real.
Grasas: Calidad sobre cantidad
Durante el proceso oncológico, no debemos temer a las grasas, pero sí debemos ser extremadamente selectivos con su origen. La guía de Teresa Puñal subraya la importancia de evitar las grasas trans e hidrogenadas, que son proinflamatorias. En su lugar, debemos buscar etiquetas que especifiquen el uso de grasas saludables como el Aceite de Oliva Virgen Extra (AOVE) o grasas monoinsaturadas, fundamentales para proteger las membranas celulares dañadas por la toxicidad de algunos fármacos.
La trampa del sodio y los productos «Light»
Muchos alimentos procesados utilizan el sodio (sal) como conservante y potenciador de sabor. Tere Puñal nos recuerda que un alto consumo de sal favorece la retención de líquidos, un efecto secundario común en la quimioterapia. Por otro lado, desmitifica los productos «Light» o «0%»: a menudo, al retirar la grasa o el azúcar, la industria añade aditivos o almidones para mantener la textura, convirtiendo el alimento en una opción vacía de nutrientes esenciales.
Conclusión: Tu decisión en el carrito de la compra
Aprender a leer etiquetas con criterio profesional nos otorga autonomía y seguridad. Como bien indica Teresa Puñal, la información es la base para tomar decisiones que impacten positivamente en nuestra vitalidad. Una alimentación correcta no solo mejora el estado físico, sino que ayuda a gestionar el impacto emocional derivado del diagnóstico al sentir que estamos cuidando activamente de nosotros mismos.
Recuerda que estas pautas son generales; para un asesoramiento personalizado sobre nutrición y bienestar, consulta siempre con el equipo médico especializado que lleva tu caso. La mejor medicina empieza cada día en tu plato.


